Homilía del Domingo

Marcharse sin irse

Jn 6, 60-69

DOMINGO XXI T.O.

Ciclo B

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HOMILÍA DOMINGO XXI T.O-B (22 agosto 2021) Jn 6, 60-69

Las palabras de Jesús han zarandeado a sus discípulos. Lo seguían, pero aquello de lo que hablaba no se ajustaba a sus expectativas. Les movió a ir tras él la esperanza de una liberación terrena, pero Jesús hablaba de realidades que les perturbaban: verdadero pan bajado del cielo, pan que da vida eterna, pan que es su carne, comerla para vivir en él. Les resultaba demasiado duro su mensaje y comenzaron las críticas. Ante ellas no pone paños calientes ni matiza para suavizar, sino que anuncia que hay más y que sólo se podrá entender lo que dice desde el Espíritu y con la ayuda del Padre. Y comienzan los abandonos. Muchos toman la decisión de dejar de seguir a Jesús. O no era lo que esperaban, o tienen miedo, o no les interesa, o está tomando unos derroteros que no les gusta. Al parecer, a Jesús no les extraña porque los tiene “calados”, a los que nunca llegaron a creer e, incluso, al que llegaría a entregarlo. Y en ese contexto de definición tensa le hace la pregunta a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?”. La respuesta de Pedro no tiene desperdicio: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”. Necesitan palabras de vida eterna y si abandonan a Jesús seguirían buscando; pero, ¿a quién van a acudir? Sólo él había llegado hasta el nivel del corazón donde nacía la sed que los convertía en buscadores. Pero su permanecer exigía creer en Jesús cuando muchos dejaron de hacerlo, apostar por él cuando otros retiraron sus apuestas, arriesgar cuando muchos temían las consecuencias de sus palabras: “Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”.

Hoy nos da la impresión de que el mensaje de Jesús resulta tan duro que ni siquiera se considera: existe un Dios que lo creó todo; que se encarnó en Jesús que pasó haciendo el bien, que murió y resucitó; que sigue presente en la Iglesia, en los sacramentos, en la vida; que nos hace partícipes de su misión para construir el Reino de paz, justicia y amor en este mundo. ¿Quién se cree esto? Es verdad que siempre habrá sedientos de palabras de vida eterna que acuden en busca de calmar su sed. Esos que mientras todos vienen para acá, ellos van para allá. Son buscadores, los cuales, muchos de ellos, han descubierto en Jesús un pan que apunta a saciar de plenitud. La verdad es que tienen su mérito porque afirman lo que la masa niega; dicen saber lo que la mayoría ignora; apuestan y creen en contra de todas las tendencias sociológicas.

Entonces parece que tenemos los que se van y los que se quedan, los que se apartan de Jesús y los que permanecen cercanos a él. Esto resultaría bastante sencillo, pero la vida no lo es o nosotros la complicamos. Al parecer tenemos a los que se van, a los que se van quedándose y a los que realmente quieren vivir de fe. A los primeros los situamos, pero ¿y aquellos que están idos sin irse? Son los que el lenguaje de Jesús les resulta duro y han optado por vivir guardando las apariencias. Dicen que le siguen, pero no le hacen caso. Viven de formas y apariencias religiosas pero han desterrado o no permiten que Dios visite su centro de decisiones reales. Pero lo que realmente hace compleja esta situación es que esto no se hace con “mala voluntad”. Una corriente de abandono colectivo de la fe se ha “colado” en medio de la vida normal de la comunidad creyente casi sin ser percibida. Y es cuando vamos funcionando, aparentemente de forma normal, pero de nuestras actividades, programaciones, formaciones y misiones hemos extirpado lo más genuino de la fe. Lo “malo” no es que muchos no crean, sino los que piensan que creen habiéndose ido hace tiempo.Los que estamos muy seguros de nuestra fe hemos de volver a escuchar con atención la pregunta de Jesús: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Partimos de la certeza de que el Padre nos posibilita el seguimiento, pero nuestra colaboración debe ser caminar con actitud de discernimiento para vivir en fe cada paso de la existencia. De esta manera, vivir la fe sin un conocimiento personal, sin prestar atención a la vida, sin profundizar en lo que nos ocurre, sin acudir a la Palabra en busca de luz, sin volver a la vida iluminados por la Palabra, sin aplicar pensamiento en las decisiones que tomamos y en las actividades que llevamos a cabo, sin concretar en pasos decididos todo lo que descubrimos, en el fondo, es haber abandonado el seguimiento de Jesús.

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