Homilía del Domingo

Maria guardaba todas estas cosas en su corazón

Lc 2, 16-21

SOLEMNIDAD MARÍA MADRE DE DIOS

Ciclo B

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Maria guardaba todas estas cosas en su corazón

Los relatos de la infancia de los evangelios parecen que van al ritmo vertiginoso de las celebraciones navideñas. Es como si no hubiera tiempo para el sosiego: la Nochebuena, al día siguiente Navidad, pocos días después Nochevieja y sigue el Año Nuevo… Así, con premura y velocidad, nos presenta el evangelista la escena de hoy: los pastores vienen corriendo de Belén; al llegar encuentran a María, a José y al niño acostado; cuentan lo que habían dicho de él; la gente que estaba allí presente estaba admirada; y los pastores se vuelven glorificando y alabando a Dios de lo que habían visto y oído. Y rápido que se cumplen los ochos días y hay que circuncidar y poner el nombre al niño. Y en medio de esta algarabía, altamente emocional: “María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.

Antes de que se vendiera pan en las gasolineras, mucho antes, se hacía pan en la artesa de madera. En ella se echaba la harina con el agua y la levadura, se removía delicadamente y se comenzaba a amasar. Las manos recogían la masa, la arremolinaban, la presionaban contra la madera, para volver a recogerla y volver a aplastarla. Y así hasta que quedaba preparada para reposar y fermentar. María es artesa y panadera. En su corazón se van albergando los acontecimientos: la experiencia del anuncio, la visitación a Isabel, el parto, la visita de los pastores… Cada acontecimiento impactaba en su corazón como las olas en la roca: con virulencia a veces, en ocasiones acariciando la piedra. Todo ello requería acoger sin discriminar, amasar con la memoria, esforzarse en comprender y pararse a reposar. Tan importante era la actividad del amasar reflexionando, como la pasividad activa de esperar en silencio a que la levadura del Espíritu alumbrara lo que se iba a convertir en pan que alimenta. Tan necesario era la manipulación de la masa, haciendo lo que estaba de su mano, como el tiempo del fermentado donde tocaba esperar, esperar y confiar y confiar.

No sabemos si la cara de María se parecía más a la de la imagen de la Victoria que a la de Nuestra Señora de Gracia; o a la de la Esperanza Macarena que a la de Triana; o a la de Caacupé más que a la de Itatí. Lo que sí nos defa constancia el evangelio que María “guardaba la cosas en su corazón” y “se ponía en camino”. Su corazón de artesana le llevaba con naturalidad al cuidado en las tareas que la vida le presentaba. A los ocho días tocaba circuncidar al niño y ella se ponía en camino para atenderlo en su necesidad. Ella se sintió cuidada por Dios y vivió cuidando a Dios y a su proyecto.

El Papa en su mensaje de la LIV celebración de la Jornada Mundial de la Paz nos habla de “la cultura del cuidado como camino de paz”. El cuidado nace un “corazón- artesa”, de las profundidades de alguien que mira con ojos abiertos, que se deja afectar por lo que ve, que aporta la luz del evangelio, que se para a reposar y discernir a la escucha de la tenue voz del Espíritu. Y que se pone en camino para cuidar como hermano lo mismo que se siente cuidado como hijo. Cuidamos lo que valoramos. Sentirnos cuidados por Dios nos hace sentirnos hijos de él. Sólo si te vives como hermano de los otros cuidaras responsablemente de ellos. Francisco nos dice que para no perdernos en la travesía por un mundo en sombras encerrado en sí mismo necesitamos una brújula que nos indique el Norte. Acertaremos el camino si vamos persiguiendo que todo ser humano sea tratado dignamente; y nadie puede ser descartado. Lo que hay en la “casa planeta” es de todos. ¿Te imaginas a María descartando a muchos para que pocos pueden vivir de lujo? ¿Te la imaginas descartando al que no es joven, ni guapo, ni de su país o credo?

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