Homilía del Domingo

Me conocen y las conozco

Jn 10, 27-30

IV DOMINGO PASCUA

Ciclo C

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Me conocen y las conozco

Jesús es un personaje controvertido, no siempre bien comprendido ni aceptado. Su entrada en escena desconcierta a muchos. ¿Quién es?, se preguntan. Y ante él caben dos posturas: acogerlo o rechazarlo, creer o no creer, estar abiertos a él o mostrar la mayor de las cerrazones.

Ante su persona percibe dos grandes actitudes encontradas: las que deciden ser del rebaño de Jesús y las que optan por quedare fuera del redil. Sus ovejas son aquellos que le escuchan con el corazón abierto y que le siguen. Son los que le aceptan como el enviado del Padre; el enviado de aquel con el que Jesús tiene una especial intimidad. Sus ovejas son aquellos que siguiendo a Jesús se sienten conducidos y protegidos de la mano de Dios. Y, por el contrario, son muchos los que se cierran a su persona y a todo lo que él significa. Y el mismo Jesús se da cuenta de un detalle fundamental: la apertura de los que le siguen hace que sus palabras sean cada vez más claras y nítidas; mientras que la cerrazón de los que lo rechazan convierten en enigma esas mismas palabras. Porque sólo escucha, no el que puede, sino el que quiere.

Hoy, como en tiempos de Jesús, la pregunta sigue viva: “¿Quién es Jesús?”. Y también hoy hemos de mover ficha. Las respuestas pueden ser muy variadas pero, en definitiva, se pueden dividir en dos grupos: ser o no ser del rebaño. Como, a lo mejor, palabras como “rebaño” u “oveja” no suenan bien en la mentalidad actual podríamos decir: los que escuchan las palabras de Jesús y le siguen; y los que ni escuchan ni siguen.

No escuchan ni siguen los que toman una decisión razonada de prescindir de Dios en sus vidas. Son los que libre y conscientemente deciden vivir al margen de la hipótesis de Dios. También en este grupo entran los que, sin haberlo pensado mucho o nada, en el fondo, de una manera práctica, prescinden de Dios en sus vidas. Y aunque pronuncien el nombre de Jesús, y tengan una vida cargada de gestos religiosos, tampoco le escuchan ni le siguen los que su religiosidad es tan superficial que no afecta a su forma de ver, sentir, pensar ni actuar.

Pero somos lo suficientemente inteligentes como para darnos cuenta de que en la vida no todo es o blanco o negro. Porque de la misma manera que algunos dicen que siguen a Jesús, y no lo siguen; otros, por el contrario, expresando formalmente que no creen en él, sin embargo, sienten y actúan movidos por sus valores.

Ser del rebaño de Jesús, ser sus ovejas que le escuchan y le siguen no es como las oposiciones que se aprueban y ya se tiene plaza propia para siempre; ni es como el que compra algo y ya es suyo para toda la vida. Seguir a Jesús es como la amistad, tan regalada como complicada, tan necesitada de ser mantenida y “conscienciada” sin descanso. Como la amistad, el seguimiento de Jesús necesita intimidad, pasión y compromiso. Seguir a Jesús es considerarle alguien al cual poder ofrecerle lo que siento, al cual poder confiarle lo que pienso, al cual poder secundarle en su manera de vivir la vida. Pero, como la amistad, el seguimiento de Jesús siempre necesita ser alimentado, pensado y revisado; porque la rutina de la vida, las mil ofertas contrarias, las dificultades de la existencia o la prisa pueden cubrir nuestra amistad con Jesús de una capa de tristeza, de apatía, de engaños encubiertos que, siendo amigos, lo somos sin pasión, ni intimidad, ni compromiso.

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