Homilía del Domingo

Profeta en la propia tierra

Lc 4, 21-30

IV DOMINGO T.O

Ciclo C

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Profeta en la propia tierra

Cada uno de nosotros vive en un contexto que le condiciona la vida. Nosotros hablamos muchas veces de ellos con los amigos en casa, o mientras tomamos un café, damos una vuelta o compramos en el mercado. ¿Quién no ha comentado lo que está viviendo un país cercano, la precariedad de los contratos laborales o la larga lista de espera en la sanidad pública? Jesús también vivía en un contexto que, como a nosotros, le condicionaba. Era consciente cada día más de cómo las decisiones de unos pocos afectaban al resto de la gente. Veía cómo una inmensidad de criaturas vivían empobrecidas, explotadas y excluidas por la política inhumana de Herodes Antipa. Se dolía al darse cuenta de que la religión oficial legitimaba esa exclusión.

Conforme pasaban los días crecían en él dos convicciones profundamente relacionadas: el amor a su Padre y la necesidad de dar respuesta, desde ese amor, al contexto en el que vivía. Conforme pasaba el tiempo se iba convenciendo más que amar a su Padre y amar a la gente era los mismo; que entregarse a él era entregarse a su proyecto liberador.

Y así llega a su pueblo, a Nazaret. Y cuando lee la lectura elige el pasaje del profeta Isaías que mejor refleja lo que lleva dentro. Él, desde el amor a su Padre Dios, ha venido a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a liberar a los oprimidos y a dar la vista a los ciegos. Es decir, ha elegido la lectura de un profeta porque se siente profeta. Lo mismo que le llevaba a unirse estrechamente a Dios le impulsaba a aliviar el sufrimiento y el dolor de tanta gente que veía empobrecida, sin casa, sin trabajo y sin identidad.

Se sentía llamado a proclamar algo muy conocido para los judíos, un “Año de Gracia”, un “Año Jubilar”. Ese año cada cincuenta donde se vendía la tierra, se rescataba a los esclavos y se perdonaban las deudas (cf. Dt 15,1-18); donde se restablecían los derechos de los pobres, se acogían a los excluidos y se reintegraban en la convivencia. ¡Eso era! Se sentía llamado, en nombre del amor de Dios, a rehacer la historia desde sus raíces.

Sus paisanos al comienzo se sienten admirados. Pero, poco después, comienzan a aparecer las dudas: “¿No es éste el hijo de José?”. Hay algo que les provoca rechazo, que los desinstala, que les plantea una forma de entender la religión de manera diferente. ¿Quién era él para cuestionarles sus formas de relacionarse con Dios? ¿Qué tenía que ver la fe y la religiosidad con la vida? ¿Por qué ir a la sinagoga les tenía que hacer más sensibles a lo que otros vivían? ¿Qué necesidad había de encontrarse con Dios en la vida si uno de podía encontrar con él en la tranquilidad del templo?

¿Qué sentían los paisanos de Jesús al escucharle hablar como un profeta? ¿Qué sentían al verse invitados a vivir su fe también como profetas? ¿Qué sentían cuando Jesús les recordaba que el amor a Dios pasaba por rehacer la historia eliminando la injusticia? Simplemente sentían rechazo. Y ese sentimiento les llevó a querer despeñar al que, siendo niño, había jugado en sus calles. Pero Jesús se abrió paso entre ellos, se alejó. Tenía razón cuando les dijo que los que menos pensamos son los que mejor acogen el mensaje de Dios: como la extranjera viuda de Sarepta o el extranjero Naamán el sirio.Y digo yo, ¿no será que hablar estas cosas nos sigue produciendo rechazo? ¿Nos produce rechazo pensar en una religión que nos comprometa con lo que tenemos alrededor? ¿Nos produce rechazo ver que la fe de Jesús es profética y que estamos llamados a lo mismo? ¿Se tendría que abrir paso Jesús entre nosotros para irse con aquellos que no pueden mirar el dolor sin comprometerse?

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