Homilía del Domingo

¿Qué tenemos que hacer?

Lc 3, 10-18

DOMINGO III ADVIENTO

Ciclo C

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Es probable que todos, en algún momento, hayamos visto una de esas películas bélicas en las que el sargento de instrucción arengaba a los soldados con toda clase de insultos y barbaridades. Mientras tú, sentado ante el televisor, te sentías intimidado o humillado ante tales voces y palabras, en la tropa provocaba la reacción contraria. Salían estimulados y enardecidos para afrontar todas las dificultades del tiempo de preparación de cara a la guerra. Pues con el perdón de Juan El Bautista, y salvando las distancias, el evangelio de hoy puede tener sus parecidos. Nuestro querido Juan, según lo que se cuenta, debía “imponer”. Sus ejemplos a nosotros nos intimidan: hachas que están tocando la raíz dispuestas a cortarlas; bieldos para aventar la parva; paja que separada del trigo se quema. Pues lo que a nosotros nos pudiera resultar un tanto fuerte, al auditorio de nuestro Bautista lo animaba a preguntar: “¿Qué debemos hacer?”. Los llamaba pecadores, los invitaba a la conversión y decían que estaban de acuerdo, que necesitaban que les dijeran lo que tenían que hacer. Pero todo lo que tenía de “imponente” Juan El Bautista lo tenía de humilde y realista. Él sabía quién era y sabía, y así lo decía, que no era el Mesías; que simplemente bautizaba con agua, pero vendría el que lo haría con Espíritu Santo y fuego. Alguien tan grande que él no se atrevía ni hacer lo que hacían los esclavos: desatarle la correa de las sandalias.

Nosotros también nos preguntamos qué debemos hacer. Deseamos seguir a Jesús de tal manera que nuestra fe afecte a todos los órdenes de nuestra vida y de ahí que nos hagamos la pregunta. Pero dicha pregunta tiene sus niveles. Vamos a darnos un paseo por ellos. El primero de ellos descarta la pregunta en sí misma sustituyéndola por otra. En vez de preguntarnos qué debemos hacer, nos preguntamos qué deseamos hacer. Sería vivir no desde ningún valor o proyecto, sino desde lo que vamos experimentando a niveles superficiales: lo que quiero, lo que se me apetece, lo que deseo.

El segundo nivel ya comenzamos a preguntarnos qué debemos hacer, pero de una manera muy tosca. Consideramos que hay otras personas con las que nos comprometen algunos principios generales: no matarás, no robarás… Pero todo sin que entre ellos y nosotros hubiera compromiso alguno, sino como un pacto de no agresión. Yo a lo mío y tú a lo tuyo.

En el tercer nivel, la pregunta del qué debemos hacer ya adquiere mayor sensibilidad. Los otros, aunque desconocidos, me resultan algo propio, es como si con ellos pudiera constituir la familia de la humanidad. Ya no sería solamente no matarlos, ni robarles, sino que hay algo me une a ellos que me hace trascenderme en beneficio de ellos. Los otros no me dejan indiferentes, sino me comprometen; me hacen salir de mí mismo para ocuparme de ellos y cuidar de ellos. Me llevan a lo que dice el evangelio de hoy: “El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo”.

El cuarto nivel es cuando le pongo nombre a esos con los que puedo compartir: se llaman hermanos; hermanos del mismo Padre que cuida de ellos y de nosotros; que los ama y nos ama. Quizás Juan fuera un poco brusco a la hora de expresarlo con tanto hacha y tanto bieldo pero, ¿no tenía razón cuando invitaba a considerar si vamos por la vida de hermanos? Ojalá que de este adviento surgiera una pregunta desde lo profundo del corazón: “¿Qué debemos hacer?

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