Homilía del Domingo

Si no está contra nosotros, está con nosotros

Mc 9, 36-48

DOMINGO XXVI T.O.

Ciclo B

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En la vida puedes tener la mala suerte de encontrarte con alguien que se relaciona de un forma “tóxica”. Cada rato pasado con él o ella es un desgaste de energía; detrás de cada despedida hay siempre un mal sabor de boca. Por el contrario, puedes descubrir a otros que se relacionan de forma creativa; que van dando vida donde se encuentran; que no se estancan ni retroceden, sino que siempre invierten sus energías afectivas en ir hacia adelante. Son personas abiertas, que confían en los otros, que no se matan compitiendo, que comparten, que no necesitan obsesivamente ser el centro. Son aquellos que al relacionarse con nosotros mejoran nuestra capacidad de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.

Hoy la Palabra nos ofrece dos ejemplos. El primero, Moisés. Ante un Josué celoso que le pide que impida a otros profetizar, él responde con salud, sensatez y apertura: “¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!”. El segundo ejemplo es Jesús. En este caso Juan no sólo protesta como Josué, sino que pasa a la acción: a uno que no era del grupo le prohibe que expulse demonios. Pero la visión de Jesús es más amplia, más creativa: “¿Por qué impedírselo? Lo lógico es que si hace milagros en mi nombre, después no hable mal de nosotros. Mejor es sumar que restar; si no está contra nosotros, está con nosotros”.

¿Cuántos proyectos humanos, familiares, eclesiales, apostólicos se habrán truncado por los celos? Por los celos, ¿cuánto se podría haber avanzado en esto o en aquello y no se ha hecho? En ocasiones podemos ser como Josué o como Juan: si no lo hacemos nosotros, mejor que no lo haga nadie. Es pensar que es inconcebible que Dios actúe por los otros sin que yo no sea el centro de esa acción. La alternativa a esta postura cerrada y estéril: Moisés y Jesús. El “¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!”; o el “No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí” saben a salud, vida y sensatez.

En otras ocasiones los celos tienen un carácter más grupal y consentimos que los protagonistas puedan ser otros, pero si son de los nuestros. Es como si no cupieran las diferencias: los de otros grupos, los que tienen otro nombre, los que pertenecen a otra estructura, los que viven con otra sensibilidad están descalificados. Están “los otros” y “los nuestros” y, desde luego, el Espíritu sólo está “con nosotros”, “con los nuestros”. Pero algunos biblistas cierran un poco más el círculo. Sería considerar que en todo grupo hay una élite. Juan y los otros discípulos seguían a Jesús radicalmente, como pobres itinerantes renunciando a lo más básico. Si no pertenecían a ese “comando especial de seguidores” no podían hacer lo que hacían ellos. Les resultaba inadmisible que pudieran ser seguidores de Jesús quedándose en sus casas. ¿Nos puede pasar algo parecido a nosotros? Sería como aceptar que somos del mismo grupo, pero que unos cuantos somos algo diferentes porque creemos más, porque leemos más la Palabra, porque hemos asumidos algunos compromisos extraordinarios, porque compartimos algo de nuestro sueldo, porque… Los demás, pobres cristianos del montón sólo son capaces de dar un vaso de agua. ¡Cuántos motivos de escándalo, cuántas trampas, cuántos obstáculos nos ponemos, ponemos a los demás y nos ponen para seguir a Jesús! Sólo se les pondrá una piedra de molino al cuello y se arrojará al mar o al fuego encendido (metafóricamente hablando) a los superficiales persistentes que no se han preocupado de ver qué hacen sus manos, a dónde les lleva sus pies o qué miran sus ojos.

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