Homilía del Domingo

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Lc 9, 51-62

DOMINGO XIII T.O.

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En estas latitudes es tiempo de calor. Y con altas temperaturas lo que se apetece es una comida liviana y fresquita, por lo que nos olvidamos de los contundentes potajes y cocidos y optamos más por los gazpachos y ensaladas. Pero la liturgia, claro está, funciona con otros criterios. Al ser universal ofrece el mismo texto bíblico al que está sofocado por el calor o al que tiembla aterido de frío. Y hoy, aunque sudemos, nos ha tocado plato fuerte. Es un texto de seguimiento que revela mucho de la vida de Jesús itinerante, una vida dura apartado de la familia y sin ningún tipo de seguridades. Pero este tipo de textos tiene su inconveniente: cuando lo leemos o lo escuchamos en la eucaristía nos parece tan exigente que nos defendemos pensando que eso es para personas con otro nivel de seguimiento. Como se suele decir con la jerga deportiva, nosotros, pobre gente de a pie, “jugamos en otra liga”. Nos parece un texto extraño por radical, apartado de la realidad normal. ¿Es así? Puede; pero si encontramos

paralelismos en la vida corriente es que no es tan “inhumano”. Vamos a ello.

Algún autor dice que el evangelio de este domingo presenta cuatro escenas. La primera de ellas nos muestra a Santiago y Juan muy enfadados, deseando que un rayo parta a esos samaritanos que no les han dado cobijo porque iban a Jerusalén. Jesús les tiene que regañar, porque seguirle conlleva una forma nueva de pensar, sentir y afrontar los conflictos. El refranero español dice que “dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma opinión”. Es decir, que no es tan raro que el pensamiento de alguien al que amas condicione y transforme tu propia forma de ver la vida. En la segunda escena alguien se acerca a Jesús y le dice que lo seguirá adonde quiera que vaya. Jesús le advierte que su forma de vivir le hace no tener ni siquiera lo que disfrutan los animales. Pero esto también se da en la vida. Aquí y ahora no, ¿pero cuántos de nuestros padres no se han casado con lo puesto? ¿Cuántos no han tenido que vivir para irse con la persona amada lo de “contigo pan y cebolla”? En la tercera es Jesús el que le dice a uno que lo siguiera. El diálogo lo interpretamos como si estuviera en el tanatorio velando a su padre y urgido a no quedarse ni a la misa de entierro. El padre aún estaría vivito y coleando, pero le pide que no se quede a cuidar a su padre hasta que muera, sino que lo siga ya. ¿Duro? ¿Radical? Puede, pero tanto como la cantidad de parejas que se casan y dejan a su padre y a su madre para irse con su amado o amada. Algunos se van tan lejos que ni llegan al entierro de su padre o madre fallecidos de repente. La última escena es la de la mano del arado, la del que quiere seguirle pero también despedirse de su familia, el que siempre está mirando hacia atrás. Pero, ¿no es normal que si te pasas la vida decidiendo lo que supones que ya has elegido, tu pareja te diga: “Majo, maja, decide mirar para adelante, que ya es hora”.

Pues resulta que ese texto tan radical tiene reflejos en la vida corriente. ¿Dónde está la clave que hace comprensible acciones que pudieran parecer ilógicas o, incluso, heroicas? Encontrarse con alguien que te haga reinvertir tu tesoro afectivo; que dé sentido al vender lo que se tiene para comprar el campo donde está enterrado el tesoro; que mientras otros tengan otras posesiones, él o ella sea el lote más preciado que le ha tocado. Y, precisamente eso, es lo que canta el salmo 15. A la tribu de Leví, dedicado al culto, no le corresponde nada en el reparto de la tierra prometida porque su lote, su heredad es el Señor. Es verdad que tenemos mucho que hacer; que se nos pide un estilo de vida acorde con el Evangelio; que hemos de tomar decisiones auténticas y coherentes con los valores de Jesús; que nuestra vida debe ser entregada y comprometida como el trigo que muere. Y en ese continuo entregarse, suplicar quedar cautivados para seguir más y mejor a Jesús, nuestro bien, nuestra heredad, nuestra copa.

Pepe Ruiz Córdoba

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