Homilía del Domingo

Sin que él sepa cómo

Mc 4, 26-34

DOMINGO XI T.O

Ciclo B

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Sin que él sepa cómo

HOMILÍA DOMINGO XI T.O-B

Es probable que hayas visto un reportaje donde se muestra lo que nuestros ojos no perciben a simple vista. Y, por ejemplo, a una velocidad muy lenta vemos cómo la gota se va desprendiendo de la hoja, cómo va cayendo lentamente y al impactar con el agua produce una explosión de otras gotas y un sin fin de ondas que convierten el apacible charco en un mar embravecido. Sirva este mal ejemplo para explicar lo que produce la profundización en el evangelio de este domingo. Porque, a simple vista, seguir a Jesús es tar normal como las infinitas gotas que caen todos los días. Pero en cuanto agudizamos la mirada, lo que Jesús propone produce en nosotros un tsunami, una conversión tal de las profundidades del corazón que la mejor imagen para expresar dicha novedad y cambio es la del nuevo nacimiento.

La parábola sale de la boca de un pobre itinerante que, movido por una experiencia íntima e inigualable del amor de Dios, se lanza a la intemperie de los caminos a anunciar el Reino de Dios. Va provisto de nada; sociológicamente es un granito de arena, en ocasiones incómodo como chino en un zapato; su compañía son los que nadie desea como compañeros de camino. Pero, lo curioso, es que camina con la convicción con la que David fue a enfrentarse con Goliat. Él es consciente de que su tarea es sembrar la semilla en la tierra, pero la obra continua más allá de lo que él hace. No todo depende de él, no lo puede controlar todo en el proceso. Es más, cuando no hace nada más que dormir, cuando su razón no llega a entender qué está pasando, sigue esperando el crecimiento del tallo, la espiga y el grano. Esto sólo lo hace un descentrado, es decir, alguien que no se siente el centro, sino que vive volcado, entregado, polarizado, unificado y confiado en Aquel que tiene el poder de atraerlo todo hacia sí.

Jesús no es un pobre ingenuo; es un pobre confiado en el Padre; un pobre que lo deja todo en manos del que le pide que ore, luche y confíe; que adore la realidad que tiene por delante para encontrar en ella una fuerza inusitada envuelta en debilidad; que adore lo que incluso no responde a sus deseos, ni a sus expectativas; lo que sale, no a su manera, sino a la manera de Dios. Porque nuestras ínfulas de grandeza sueñan con altos cedros, pero los planes de Dios pasan por vulgares árboles de mostaza, pobres arbustos que, sin embargo, tienen capacidad de acogida. Jesús va avanzando en el aprendizaje del cuando el Padre quiera, como él lo quiera, y donde él lo quiera. ¿Nos sorprende lo de “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”?
El evangelio de hoy es esa gota que impacta en nuestros planteamientos más profundos y escondidos, los remueve y rompe la calma chicha que nos acompaña. Estamos tan demasiado centrados que, en el fondo, consideramos que o lo hacemos nosotros o no hay Dios que lo haga; que o nuestros proyectos salen según lo planeado y la forma deseada o no sirven de nada. Hay demasiado concierto en nuestras vidas. Quizás en lo desconcertante podamos con mucho esfuerzo y con la ayuda del Espíritu aprender a hacer, dejando hacer a Dios; a esperar, sin tener que forzar; a dejarnos llevar, más que a forcejear; a acoger más que a manipular; a confiar más que a dejarnos arrastrar por la ansiedad.

¿No nos suena lo de “si el Señor no construye la casa en vano se cansan los albañiles”? ¿Tampoco lo de “Dios lo da a sus amigos mientras duermen”?

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