Homilía del Domingo

Sintió compasión

MC 6, 30-34

DOMINGO XVI T.O

Ciclo B

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Sintió compasión

HOMILÍA DOMINGO XVI T.O-B

Quizás, en alguna ocasión, hayáis jugado a ver formas en las nubes. Y alguien, donde vosotros no veíais más que una nube, os ayudó a descubrir un elefante. O también es probable que hayáis tenido la experiencia de estar contemplando un cuadro que, pareciéndoos hermoso, no dejaba de ser un cuadro. Pero, como sin querer, escuchabais al guía del grupo de al lado que les invitaba a poner atención en el haz de luz que entraba por la ventana, o en la expresión facial de esa figura que aparecía en segundo plano. Y lo que era una cuadro, como otros tantos, se convirtió en una obra significativa. Pues eso es lo que vamos a intentar ahora, contemplar la escena evangélica pero poniendo especial atención en un aspecto concreto. ¿Cuál? Todo a su debido momento.

Los apóstoles han regresado de su experiencia misionera. Jesús quiere conversar con ellos, pero la gente era tanta que no tenían tiempo ni para comer. Como quería buscar un espacio tranquilo para poder compartir se montan en la barca para pasar a la otra orilla. Pero la gente se da cuenta y por tierra se van corriendo hacia donde piensan desembarcar. Y, cuando lo hacen, allí están. Jesús los mira y siente compasión por ellos porque veía que estaban tan perdidos como las ovejas que no tienen pastor. Y decide que la prioridad ahora estaba en atenderlos. Por eso cambia los planes y se puso a enseñarles lo que necesitaban.

Con el cuadro por delante ahora vamos a mirarlo pero poniendo especial atención en los detalles de cuidado. Y se nos resaltan especialmente dos. El primero es cuando Jesús tiene la delicadeza de hacerse cargo de la necesidad de los apóstoles y desea para ellos un lugar tranquilo donde pudieran descansar. El segundo es cuando al desembarcar mira a los que tiene por delante y siente compasión por la situación en la que se encuentran. Y se hace tanto cargo de ello que posterga sus planes para enseñarles con calma. Por cuidar de muchos aplaza, de momento, el cuidado de unos pocos.

En la escena evangélica hoy hemos puesto especial atención en las pinceladas de cuidado. Y lo hacemos para considerar qué sería vivir en “modo cuidado”. Cuidar, dice el diccionario, es poner diligencia, atención y solicitud en la ejecución de algo. Y en esto del cuidar, como en otras muchas realidades, hay etapas de un proceso. En un momento de la vida vivimos siendo cuidados sin cuidar; todo nuestro ser necesita de cuidadores que nos atiendan y nos mantengan. Pero conforme el tiempo pasa se nos invita a cuidar de nuestras cosas y de las personas que nos rodean. Pasamos del no cuidar al cuidar por responsabilidad. Y es que realmente hay muchas personas que son tremendamente responsables en eso del cuidado, pero están invitadas a dar un paso más, se les invita a cuidar por amor. Es decir, lo que les mueve al cuidado no es una obligación ajena a los demás, ni un interés por no devaluar la propia imagen, sino la consideración del otro. Hay otros “tus” que merecen la consideración del cuidado. Pero ahí no para el proceso, porque del cuidar por amor se nos invita a cuidar con amor “universal”. Es decir, ese “tú” no es el más cercano al que me une la sangre o la amistad, sino “tú” es cada ser humano al que me une la amistad social. Entonces, el cuidado se extiende al planeta, a los otros desconocidos, al diferente e, incluso, al adversario.

La contemplación de la escena evangélica nos hace pensar que el cuidado tiene sus características. La primera es que es tierno y delicado, va envuelto en la amabilidad y

el respeto del que considera al otro como tierra sagrada a visitar con los pies humildemente descalzos . El cuidado se enraíza en lo más profundo, sale de las entrañas, es un ejercicio de auto trascendencia donde va lo mejor de nuestra persona. Y, al mismo tiempo, tiene la capacidad de reorganizar nuestras prioridades. Es el cuidado el que organiza nuestras horas y nuestros días. El cuidado exige el ejercicio del autocuidado, del descuidarse atendiéndose, del dar la vida sabiendo que la ganamos. Y el cuidado auténtico se hace hábito del corazón, forma de vida, estilo existencial. Y siempre es concreto: es buscar un sitio para que descansen; es posponer el descanso para dedicarse a ofrecer palabras de consuelo.

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