Homilía del Domingo

Te espera en tu casa

Lc 19, 1-10

DOMINGO XXXI T.O.

Ciclo C

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HOMILÍA DOMINGO XXXI T.O-C (30 octubre 2022) Sb 11,22–12,2; Lc 19, 1-10

Hubo una vez un poeta cubano, José Martí, que escribió: «Debes amar el tiempo de los intentos». Y es que la vida, en muchos aspectos, es solo un intento, un querer llegar a lo que siempre está más allá de nuestras posibilidades. Se nos va la existencia intentando dar alcance a lo que deseamos y que nunca se halla en lo que conseguimos. Pero cuando descubrimos que es Dios quien calma nuestro corazón inquieto, nada cambia. Porque el que es agua viva apagará la sed del que antes ha sufrido los rigores del desierto: «¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche!”, decía Juan de la Cruz. Y siguiendo la imagen de Teresa de Jesús, pudiéramos pasar años y años deambulando por los arrabales del castillo cuando Dios nos espera en su interior. Y habiendo muerto como personas religiosas no haber arañado superficialmente la hondura del Misterio. ¿Alguna señal que nos confirme la buena dirección en nuestra itinerancia espiritual? Sí, el evangelio de este domingo.

Con apariencia de hacerlo por casualidad Jesús atraviesa Jericó. En esa ciudad se va a dar el encuentro de dos «Yo» que necesitan un «Tú». Zaqueo es signo de la cruda ambigüedad que puede existir en el ser humano. Pertenece a una estructura de injusticia que aplasta a muchos empobrecidos cobrando impuestos. Pero en medio de tanta tiniebla ética hay algo que le hace buscar. Es un deseo que busca una rendija entre tanta inadecuación. Y se activa en esa búsqueda: corre y se sube a un árbol. La otra parte del encuentro tiene ganas del momento: le pide que baje con prisa porque ha tomado la decisión, quiere, ve que es necesario que lo reciba en su casa. Y lo hace con mucha alegría. Todos, repito, todos murmuran de Jesús. Es incomprensible tal actitud. Pero Zaqueo se siente mirado por alguien que lo llama por su nombre; que lo ve más como hijo de Abrahán que como recaudador de impuestos. Y tal deferencia exige apuesta por la dignidad propia y ajena: compartir y restituir el daño infringido. Porque para Dios lo perdido no es motivo de condena, sino de ponerse «en salida», en búsqueda.

Hoy todos somos «zaqueo». Nuestra experiencia de Dios se hace en medio de la ambigüedad: al tiempo que nos construimos desde los valores evangélicos reconocemos que lo más profundo de nuestro corazón debe ser evangelizado. En nuestro escenario espiritual hay fuerzas contrapuestas. Unas tienden hacia la murmuración. Son las que etiquetan, las que nos dicen que somos unos publicanos, indignos de Dios; que lo mejor que podemos hacer es encerrarnos menospreciándonos y explotando desde nuestra negatividad a los que viven con nosotros. Pero hay otras fuerzas que nos invitan a buscar, a subirnos a un árbol. Son esas que se reavivan pensando en la entrañable misericordia de Dios; que entienden que la relación con él no tiene que estar exenta de cizaña; que siempre hay posibilidades de compartir y restituir, de cambiar de vida. Son las fuerzas que se despliegan ante el Dios que, en su poder, se compadece de todos; que ama a todos los seres; que desde ese amor los conserva y hace posible su subsistencia; el Dios que es indulgente con todas sus criaturas; el Dios amigo de la vida.

Nos pasaremos la vida dando vueltas por los arrabales espirituales sin entender la esencia del misterio de Dios si no experimentamos algo parecido a lo que vivió Zaqueo cuando Jesús vino a quedarse en una casa construida a base de injusticia. En medio de esas paredes perdidas de corrupción se abrió una brecha por donde pudo entrar la salvación. «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte».

Pepe Ruiz Córdoba

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