Homilía del Domingo

Tú eres mi Hijo Amado, mi predilecto

Mc 1, 7-11

BAUTISMO DEL SEÑOR

Ciclo B

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Tú eres mi Hijo Amado, mi predilecto

La liturgia es así: hace poco estaba naciendo el Niño y ya estamos bautizando al adulto Jesús en el Jordán. Pero la vida real tiene otro ritmo: el paso del tiempo se ralentiza; un minuto tarda en pasar lo que dura un minuto; y no por mucho madrugar amanece más temprano. Del Niño acostado en el pesebre y envuelto en pañales al adulto bautizado por Juan en el río ha habido todo un proceso. Por medio muchos acontecimientos de vida: alegres, tristes, anodinos. Todos ellos han provocado emociones, sentimientos, preguntas, certezas, avances y retrocesos. En el corazón todo lo ha ido guardando, a ejemplo de su madre. En él iba fraguándose una convicción: el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob se le hacía cada día más Presencia cercana e íntima. Lo sentía como Padre, como persona diferente pero, al mismo tiempo, algo propio. Y en esos tiempos de escucha desarmada la intimidad se convertía en vocación y misión. El éxtasis de esos encuentros íntimos se convertía en fuerza que lo empujaba a caminar hablando de algo nuevo que había comenzado. Y eso lo sentía tan adentro que era él mismo.

No sé cómo sería; pero me gusta imaginar que un día le daría un beso a su madre y ambos supieron que se cerraba una etapa y se habría otra. En la orilla del Jordán estaba el que, como diría Santa Teresa de Jesús, había tomado una “determinada determinación”: zambullirse en la voluntad del Padre hasta donde hiciera falta. Por delante tenía una gran misión: hacer que Dios gobernara y que cada ser humano pudiera vivir en la profundidad y dignidad que cada hombre y mujer merecen.

En esa misión no estaba sólo, ni mucho menos. Tan empapado por el agua lo estaba del Espíritu. Su Padre que lo enviaba lo sostenía en las luchas. Siendo rey lo haría como siervo, sin imponer, sin forzar, sin deshacerse de los poderosos peligrosos ni de los humildes inservibles. El objetivo era ambicioso y claro: enseñar, sanar, liberar, salvar. Ese bautismo fue una declaración de intenciones por parte de Jesús y del Padre, del enviado y del que lo enviaba. Él se pasaría la vida haciendo el bien movido por el Espíritu. Se haría un cordero, manso y humilde, que cargaría con el pecado de todos; de todos aquellos que estaban a la cola para poder bautizarse como él.

A los niños y niñas de catequesis les bromeo preguntándole si fueron a su bautismo. Ahora te pregunto a ti: “¿Tú fuiste a tu bautizo? ¿Te invitaron?”. La mayoría no nos enteramos de nada. Estaríamos dormidos, o llorando, o despiertos y dando pataditas. ¡Quién sabe! Pero ojalá que tras un proceso alentado por el Espíritu de Dios ese niño o niña bautizado, que eres tú o yo, fuera en camino de tomar una “determinada determinación”: pasar por este mundo haciendo el bien; porque en los momentos de soledad desarmada nos hemos sentido hijos de Dios. Porque ese sentimiento nos ha centrifugado hacia los otros cuyos rostros los hemos descubierto como rostros de hermanos.

Seguro que no te bautizó Juan en el Jordán, pero sí un curita en cualquier parte del mundo. Pero el mismo Espíritu que empujaba a Jesús a anunciar y curar por los caminos de Palestina es el que nos lanza a implantar el derecho en las naciones. Y lo haremos a su manera: sin forzar, ni imponer, sin excluir ni minusvalorar; pero también sin parar, ni cejar en la lucha. Pensando en los cambios más grande, pero comenzando de abajo y de a uno hasta alcanzar, no importa si no somos nosotros, los escalones más altos de la transformación según el Reino de Dios.

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