Homilía del Domingo

Tú eres mi Hijo, el amado

Lc 3, 15-16, 21-22

BAUTISMO DEL SEÑOR

Ciclo C

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Tú eres mi Hijo, el amado

HOMILÍA BAUTISMO DEL SEÑOR-C (9 enero 2022) Lc 3, 15-16, 21-22

Dicen que “hasta San Antón pascuas son”. Y aunque después de tanta fiesta, luz y canto se nos apeteciera descansar de villancicos después de Reyes, la liturgia sigue siendo de Navidad, aunque ya no pegue tocar la pandereta ni comer mazapán. Con la solemnidad del Bautismo damos entrada al Tiempo Ordinario, para muchos “cuesta de enero”. Y dicen algunos estudiosos de la Biblia que, como todos los autores sagrados, Lucas escribió su evangelio como el que considera su obra abierta para la reforma que fuera necesaria: “de este copio esto tal cual, o le doy algunos retoques; esto es cosecha propia; comienzo así pero viendo con el tiempo cómo queda pongo otro inicio…”. Y es que, parece ser, le salió una introducción un tanto escandalosa. Resulta que comenzó con el bautismo de Jesús. Y lo sitúa en medio de la gente. Entre todos está escuchando la filípica que el hijo de la prima de su madre está dando a la masa. Les llama “camada de víboras”; les dice que tienen que dar frutos de auténtica conversión, porque el hacha está dispuesta a cortar y el bieldo a aventar a todos los que sean como paja. Es verdad que este hombretón de mensaje atronador es humilde: sabe que su bautismo tiene un valor relativo respecto al que traerá aquel al cual no es digno de hacer ni siquiera lo que hacen los esclavos. Y, como uno de tantos, Jesús se pone a la cola para ser bautizado. ¡Qué fuerte! Después se pone a orar, como hacía con frecuencia y como oraba en los momentos claves de su vida. Y es cuando Lucas quiere dejar claro que, a lo largo de su vida hará y dirá cosas que resultarán tan escandalosas como para ser crucificado, pero, que quede constancia, a ese Jesús que, recién bautizado oraba, le vino el Espíritu de parte de su Padre, que lo amaba y se complacía en él.

Y para terminar este tiempo navideño vamos a montar un belén que sólo tiene cuatro figuritas: una cola llena de gente, una oración, el Espíritu y un Padre que ama mucho a su hijo. Jesús está entre la gente y se pone a la cola para ser bautizado. Como uno más se ve afectado por el mensaje de Juan. No “como” uno más; aunque resulte escandaloso, como hombre, es uno más. Uno más es un igual, un ser que comparte la misma pasta vulnerable. Porque asumió su humanidad se puso a la cola con otros. Cuando no asumimos lo que somos no deseamos ser uno más ni ponernos en una cola. Jesús ora. Siempre ora por íntima comunión con su Padre. Ora en los momentos clave de su vida. ¿O hay momentos clave de especial densidad porque tiene la capacidad de orar? Va a dar un paso no por inercia. Porque ora, lo da con consciencia, con lucidez y responsabilidad. Jesús recibe el Espíritu. Está empapado del Espíritu, es Cristo. Todo lo que hace es espiritual porque lo hace al aire de ese Espíritu. Es una vela impulsada por el viento del Espíritu hacia una misión. Jesús es un hijo amado con complacencia y predilección. Es una persona con buenos cimientos y fundamentos. Va por la vida confiado en su debilidad. Es como el junco azotado por el vendaval pero firme en su flexibilidad. Su bautismo le hace afrontar la vida como proyecto, como misión, como entrega que le llevará a otro bautismo. Él podrá dar la vida porque siente que, antes, otro la dio por él.

Resulta que estas cuatro “figuritas” del “belén” del ultimo día de Navidad marcan la diferencia entre ser una persona religiosa y un seguidor de Jesús. Para esto último se necesita: reconciliarse con la vulnerabilidad para vivir siendo hermano de todo ser vulnerable; no vivir desde la superficie sino desde las honduras del corazón en comunión con Dios y los hermanos; dejarse empapar por el Espíritu para vivir según sus modos; y, en medio de nuestras carencias, vivir la vida, apoyados en el amor incondicional del Padre Dios, como proyecto y misión.

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