Homilía del Domingo

Tu fe te ha salvado

Mc 5, 21-43

DOMINGO XIII T.O

Ciclo B

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HOMILÍA DOMINGO XIII T.O-B

En ocasiones, como dice el sabio proverbio, cuando nos señalan a la luna nos quedamos mirando al dedo. Lo que sólo pretendía ser un medio al servicio de algo mayor termina convirtiéndose en lo que acapara nuestro interés y atención. Esto es lo que suele ocurrir con el evangelio de hoy. El evangelista pretende hablarnos del Reino de Dios que llega con Jesús y de cómo los milagros son signos de ello. Y de la necesidad de abrirse a Jesús y al reino desde la fe. Esta es la luna. Pero, claro, ¡el dedo es tan deseable! Y lo que más nos cautiva es que la mujer fue curada de su eterna hemorragia y que la niña volvió a la vida. Por lo que, normalmente, este evangelio o nos frustra, porque nosotros no fuimos atendidos; o alimenta unos deseos que, es más que probable, terminarán en el cajón de nuestras frustraciones. Por eso, siendo un dedo hermoso, miremos la luna.

La cuestión es que nos encontramos con dos personas en situación extrema: una porque está desesperada con su enfermedad y ya no sabe qué hacer; la otra porque se le muere la niña de su alma. Para ellos, Jesús es la única posibilidad de salvación que vislumbran. Tienen en él una fe plena y una confianza absoluta. Tan es así que la mujer piensa que bastará con tocarle el manto; y Jairo apuesta por Jesús siendo jefe de la sinagoga. Ambos se nos presentan como modelos de la fe que se traduce en confianza.

Como el oro se aquilata al fuego, en las estrecheces de la vida la fe muestra su verdadero rostro. En las situaciones límites es cuando se pone de manifiesto la imagen que tenemos de Jesús. Muchas, muchas veces acudimos a él pidiéndole la solución o la sanación. Cuando no llega lo deseado nos sentimos defraudados y rompemos las relaciones con Jesús o nos sentimos confusos al no entender por qué no nos escucha. Otros acuden a Jesús sabiendo que lo que puede sostenerlos es sólo la fe que los conduce a la adoración y a la confianza. La fe les hace entrar en el grupo de los bienaventurados, de aquellos que se saben poseedores de una promesa de felicidad aunque lloren, sean pobres o perseguidos. La fe les hace vivir con la convicción de que están acompañados y sostenidos en las situaciones límites. Y desde lo más hondo de su ser confiado pueden susurrar a sus miedos y ansiedades: “No temas; basta que tengas fe”. Y estando como están en esa situación límite, su fe se aquilata tanto en su sufrimiento, que pueden acompañar a aquellos que andan solos y extraviados en la vida.

Pongamos un ejemplo que está más allá de nuestro ombligo. Resulta que por aquellos tiempos la comunidad de Jerusalén pasaba situaciones de verdadera necesidad. Pablo dice a los corintios que, como en otras cosas, se distingan por su generosidad; como Jesús que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. Les dice que no se trata de que ellos pasen necesidad para aliviar a los cristianos de Jerusalén, sino de igualar, ya que ahora ellos tienen en abundancia. Porque lo mismo llega el día en que las tornas se cambien. En el fondo es creer y confiar en las Escrituras que dice: «Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba.» Ahora vamos a cambiar los nombres: en vez de Jerusalén hablamos de los hermanos de Mali o Nigeria; y en vez de ser los corintios somos nosotros. Pablo nos diría que fuéramos generosos; que se trata sólo de igualar, de dejar de tener tanto para que otros dejen de tener tan poco. Que nosotros también fuimos necesitados y otros nos ayudaron. Pero, claro, la cuestión es que sólo teniendo la fe y la confianza en el proyecto de Jesús que tuvieron la hemorroísa y Jairo podemos creernos lo que dice la Palabra, que es posible un mundo donde podamos compartir abiertamente sin atrincherarnos. Esta es la luna. Desear que la fe solucione solo nuestros problemas al margen del proyecto del Reino es simplemente quedarse mirando al dedo.

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