Homilía del Domingo

Viernes de soledad

Jn 18, 1-19, 42

VIERNES SANTO

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Viernes de soledad

Viernes Santo es el día de la adoración de la cruz. Pero las únicas cruces bonitas son las de oro, plata o madera que llevamos colgadas. La cruz en sí misma es espantosa, horrible, aborrecible, trágica, infame… En la cruz ejecutaban, quitaban la vida y pisoteaban la dignidad de los ajusticiados. En la cruz, previo juicio amañado, eliminaron a Jesús como blasfemo, potencial perturbador e incómodo para el sistema. En la cruz se vio infinitamente humillado, solo, abandonado, torturado y fracasado. En la cruz libró el combate épico de seguir esperando al que parecía que le había abandonado.

Decidme, ¿qué hermosura tiene la cruz? ¿Qué hermosura tiene el cáncer que te va desmoronando poco a poco? ¿Qué hermosura tiene la cruz de la limitación de los años que te despoja del buen carácter, de la capacidad de relacionarte o de pensar con normalidad? ¿Qué belleza tiene el ver a un hombre o a una mujer sentirse indigna o inútil por no tener trabajo? ¿Qué belleza tiene ver a gente tan deteriorada que prefiere vivir en la calle dadas al alcohol, drogas o prostitución? ¿Qué belleza tiene ver cómo en un país se masacran a víctimas inocentes por la violencia organizada o la de Estado? ¿Qué hermosura tiene que gran parte de la humanidad sea menos cuidada que muchas de nuestras mascotas?

La cruz no tiene nada de bello. Pero un día, en esa concreción del horror, murió Jesús. Y, permítaseme la expresión, su muerte recicló esa ignominiosa basura. De la necedad consiguió que brotara una sabiduría nueva; de la debilidad, una fortaleza sin igual; del escándalo un motivo de gloria.

Para Jesús, la cruz es sabiduría de Dios. Es un timón de profundidad que te lleva, a través del sufrimiento, a un conocimiento y a una sabiduría que sólo se alcanza en los momentos de la cruz. El Crucificado nos enseña la forma más sabia de situarnos ante la crisis de la existencia: frente al huir del sufrimiento, abrazarlo y encararlo; frente al guardarse en la vida, entregarse sin reservas.

Por Jesús, la cruz es fuerza de Dios. Estamos crucificados en nuestras debilidades: la debilidad psicológica, de la enfermedad, del desgaste de los años, de la falta de cultura y equipaje para la vida, del sentirse inútil por no poder aportar nada, del ver sufrir sintiéndonos impotentes, del verse privado de los servicios básicos de la vida, de vivir en un contexto donde la vida no vale nada, de tener tu vida en un continuo riesgo por sobrevivir, de cosificarte de tal manera que te roben absolutamente tu dignidad.

Antes, la debilidad tenía el poder de matar. El Crucificado la ha convertido en fortaleza, en fuerza de reconstrucción de algo nuevo. Imaginaos una persona creyente y comprometida que viva en un lugar de riesgo. Después de agotar todos los recursos decide desplazarse. En esa travesía vive momentos de angustia y desamparo. Desde lo hondo de su sufrimiento piensa en su vida y habla con Dios. Le toca en suerte ser uno de los muchos que no llegan. Podríamos pensar que la cruz, que otros le han impuesto, lo ha aniquilado. Pero desde el Crucificado podemos decir que su cruz, a él sólo lo ha matado físicamente, a nosotros nos interpela o juzga. En este mundo ha sido una de tantas víctimas inocentes. Pero su muerte no es el final, sino que ha sido transformada en fuerza que da vida; que en el aparente fracaso en manos de las fuerzas de la injusticia, esa muerte se ha convertido en fuerza que, al modo del grano de trigo que se pudre en la tierra, lo transforma todo en nuevo.Y lo que pone a prueba nuestra fe es tener que atravesar el espesor del Viernes y el Sábado Santo.

Para Jesús, la cruz ha dejado de ser escandalosa para convertirse en gloriosa. Sólo por Jesús puedo besar lo horrible y repugnante; porque el Crucificado le ha extirpado su poder de triunfo y le ha dado la promesa de victoria a las víctimas y me ha comprometido con todas ellas. Hoy beso esa cruz que me habla del amor incondicional de Dios manifestado en Jesús. Beso, afrontando el escándalo, esa debilidad generativa y progresiva vivida con dignidad, abandono y confianza. Beso la bala que ha matado al que se atrevió a luchar, pasara lo que pasara, por el pobre campesino explotado. Beso ese gobierno corrupto que almacena dinero y poder olvidando en la miseria a su pueblo digno y resiliente. Beso a ese hombre que maltrata y abusa a la mujer digna que debiera ser amada, cuidada y respetada. Beso la cruz de Jesús que me hace besar las cruces de los otros o las mías.

Y mientras las beso les digo a esas cruces: estáis perdidas. no tenéis la última palabra. Si puedo bajaré de vosotras a los torturados. Si en último término no pudiera, me uniría en la esperanza triunfante a Jesús Crucificado.

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