Homilía del Domingo

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Mt 16, 13-20

DOMINGO XXI T.O

Ciclo A

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Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Todos nosotros caminamos por la vida junto a otros. Con ellos vivimos lo cotidiano, reímos y lloramos, nos confortamos o nos peleamos. Pero, de tarde en tarde, cuando el ajetreo de la existencia le deja espacio y le da la voz, el filósofo que llevamos dentro puede preguntarse: “¿quién soy yo?”; “¿quién dice la gente que soy?”; y vosotros, mis más cercanos, ¿quién decís que soy yo?”. Cada cual que se imagine la escena como quiera. Pero allí está Jesús y los suyos. Le interesa saber qué dice la gente acerca del Hijo del Hombre; quién y cómo será ese que ha de venir y que es el objeto de sus más altas esperanzas. Al parecer se decían muchas cosas, había muchas opiniones: unos pensaban que, incluso, podría ser Juan Bautista, recientemente fallecido; otros preferían ajustarse a la tradición que decía que volvería Elías, o Jeremías, o uno de esos grandes profetas. A mí me gusta pensar que ahora se dio un silencio profundo y prolongado que preparaba la pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Como casi siempre el primero en hablar fue Pedro. Lo que dijo no tenía sentido. Era tan irracional e ilógico que, o era revelado por el Padre o, simplemente, era una locura. A ese hombre itinerante, pobre de solemnidad, dependiente de limosnas, sin tener donde caerse muerto le dice: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Pero es que la respuesta del pobre nazareno, o viene de las profundidades de Dios, o es igual de insensata. Lo bendice porque lo que dice no viene de él; como tampoco la misión que se le va a encomendar. Al Simón del carácter de siempre que lo ha acompañado por los caminos ahora lo llama Pedro, porque para la Iglesia será piedra, apoyo, sostén. Su palabra y su opinión tendrán peso y fuerza, atarán y desatarán. Al margen de la fe, esta escena es cómica o patética. Pues resulta que dos “don nadie”, unos irrelevantes sociales, ven lo que las evidencias niegan: uno descubre en el otro a un Mesías; el otro ve en el uno a un líder sólido como una piedra. Pero, ¿de qué? Y Jesús, viendo lo singular de la escena, les aconseja que, de momento, no digan nada.

La escena, al margen de la fe, sigue siendo patética. Porque se nos invita a todos nosotros a responder a la pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que es Jesús?”. La gente dice muchas cosas de él: una buena persona, un personaje histórico relevante, una falsa de los cristianos, una fuente de inspiración humanitaria, un seguro de vida, algo que siempre hemos de tener a mano para tapar agujeros, al que me educaron y enseñaron respetar, el Señor… Pero, ¿y cada uno de nosotros? En este mundo secularizado, para el que Jesús es pieza arqueológica, ¿quién es para ti?

Por un lado, la pregunta tiene carácter personalizante. Es decir, si no la afrontas y contestas podrás pasarte la vida siguiendo a Jesús como el que nunca llega a conocer al compañero de trabajo con el que ha compartido muchas horas toda la vida. Por otro, es una pregunta que hemos de contestar muchas veces en la vida, bien porque el Misterio de Jesús es una novedad continúa; bien porque, como le pasó a Pedro, no siempre lo que decimos con buena voluntad lo creemos de verdad. En nuestra Iglesia hay tantas sensibilidades que las respuestas a la pregunta puedeN ser tan distintas que pudieran parecer contrarias. Para que así no sea, hay dos cuestiones que nunca deben faltar en las diferentes posturas. La primera, Jesús es el que se recibe del Padre de entrañas de misericordia y se siente hijo amado. La segunda, Jesús hereda esas entrañas de misericordia divina que le hacen ir con los ojos abiertos por el mundo para mirar los charcos sociales y existencias. Y, desde ese amor, no se salta ni uno.

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